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También existen discrepancias en torno a la etimología de “carnaval”

En España todo el año podría ser carnaval

Pedro Sáez Martínez de Ubago. Inmersos en medio de las sus celebraciones, sin que se pueda afirmar nada a ciencia cierta, todo indica que el Carnaval tiene probablemente su origen en fiestas paganas, como las que se realizaban en honor a Baco, el Dios del vino, las saturnales y las lupercales romanas, o las que se realizaban en honor del buey Apis en Egipto. Incluso hay historiadores que remontan los orígenes de estas fiestas a Sumeria y Egipto, hace más de 5.000 años, con celebraciones similares en la época del Imperio Romano. De Roma la costumbre se extendió a Europa, siendo exportado a América por los navegantes españoles y portugueses a partir del siglo XV.
También existen discrepancias en torno a la etimología de “carnaval”. Según unos, proviene de las voces latinas "carrus navalis", en referencia al ditirambo que en las bacanales; el coro lo interpretaba disfrazado de sátiro y frente a él aparecía el sacerdote del dios conduciendo un barco sobre ruedas al que llamaban "carrus navalis" [carro naval]. Según otras versiones el étimo estaría en las voces también latinas "caro" [carne] y "tollo", entendido como [llevar, levantar, retirar] de donde surgirá “carnestollendas”. Otra etimología posible es la que se remite al latín medieval "carnelevarium", que significaba "quitar la carne" y que se refería a la prohibición religiosa de consumo de carne durante los cuarenta días que dura la cuaresma.
Conviene notar que la primera de las anteriores etimologías integra dos episodios de la vida de Dioniso (El carro tirado por panteras y adornado por pámpanos y hiedra y acompañado de deidades menores como las silenos, bacantes o Príapo, en el que se desplazó desde Tracia para conquista la India; y la travesía del hijo de Zeus y Sémele hacia Naxos, embarcado en unas naves mercenarias). Sea como fuere, en estas tradiciones siempre inciertas, la evidencia hoy es la sinonimia entre las voces españolas “carnaval” y “carnestolendas”
Hoy el carnaval o las carnestolendas es una fiesta arraigada en la cultura cristiana que, previamente a la Cuaresma, permite a la gente romper sin pudor con determinados cánones de comportamiento, recurriendo a disfraces, cantos, danzas excitantes... La devoción del hombre por usar mascaras puede encontrarse ya en el antiguo Egipto o en Grecia, e incluso en el teatro japonés. Pero en el carnaval propiamente dicho fue Italia la que adoptó la careta, más precisamente Venecia, donde se usó no sólo como vehículo de alegría sino que sirvió para guardar el incógnito y gozar de impunidad en venganzas y conspiraciones, aunque también facilitó romances y amoríos. En España, esta costumbre radicarían las prohibiciones de las máscaras dictadas por Carlos I, reiterada por Felipe II y derogada por Felipe IV.

Aunque la cuaresma va en función de la Pascua y, por ello puede oscilar su fecha en torno a un ciclo lunar, podría afirmarse que, desde la Roma clásica y hasta bien entrada la edad media, las saturnales o lupercales, así como las carnestolendas coincidían con el inicio del año oficial que, hasta el año 153 a de C. los romanos comenzaban en marzo, fecha de entrada de los magistrados electos en el desempeño de sus funciones.

Del mismo modo, en los reinos cristianos hubo una discrepancia para comenzar el año con la Navidad (antiguo solsticio) o con la Encarnación (lupercales), que no fue ajena a los reinos peninsulares que integraban la actual España podemos encontrar documentación en este sentido. Así se ve en este documento del gasto hecho en Olite por los hijos de Pérez Sarmiento, “desde el veinteno día de marzo de 1359 hasta el seiseno día de mayo de 1360, que son 47 días”.

Los carnavales en su oposición a la cuaresma -tiempo penitencial que evoca los 40 días en que Jesucristo estuvo retirado en el desierto o los 40 años en que el pueblo judío erró por el desierto como castigo por adorar al becerro de oro- son días de celebraciones diversas. Unas modernas, arraigadas otras en el folklore y que, en lo suntuario, van desde la simple careta o el modesto muñeco de paja, como el “Entroido” de Verín (Galicia) o el bandido Mielochín de Lanz (Navarra) hasta los valiosísimos trajes de algunos desfiles como los celebrados en Canarias.

El arraigo de estas fiestas es incuestionable y con testimonios tan diferentes como el óleo Combate entre don carnaval y doña cuaresma de Brueghel el Viejo (1559) o los versos del Arcipreste de Hita narrando en su Libro de Buen Amor (1330?) la Batalla don Carnal y doña Cuaresma:
“Estando yo en la mesa con don Jueves Lardero, Desafío que / entregóme dos cartas un rápido trotero; la Cuaresma / diré lo que decían, mas no lo haré ligero hizo a don /pues las cartas, leídas, devolví al mensajero. Carnal. /De mí, Santa Cuaresma, sierva del Criador  /y por Dios enviada a todo pecador,  /a todos arciprestes y curas sin amor  /salud en Jesucristo, hasta Pascua Mayor.  /Sabed que me dijeron que, hace cerca de un año, / se muestra don Carnal muy sañudo y huraño, / devastando mis tierras, haciendo muy gran daño, /vertiendo mucha sangre; con disgusto me extraño. /Y por esta razón, en virtud de obediencia, /os mando firmemente, so pena de sentencia,  /que por mí, por mi Ayuno y por mi Penitencia,  /vos le desafiéis con mi carta de creencia. /Decidle sin rodeos que de hoy en siete días, /la mi persona misma, con las mis compañías, /iremos a luchar con él y sus porfías; / temo no se detenga en sus carnicerías”.
La cuestión hoy es qué sentido tiene el carnaval en la España de hoy. Y no me refiero al sentido de la incongruencia de que se apunte a celebrar el carnaval una parte de la sociedad que, por su apostasía, paganización o profesar una fe falsa, no va a ayunar ni abstenerse de carne en la cuaresma. Me refiero a los millones de parados y pensionistas, obretos con salarios de miseria y sus familias para quienes comer carne es ya un lujo porque la política económica radicalmente antisocial de los últimos gobiernos socialistas y populares ha hecho de sus vidas un interminable ayuno cuaresmal.
En España proliferan como hongos los comedores sociales; millones de ciudadanos subsisten gracias a las ayudas de ONGs, Cruz Roja, Cáritas, bancos de alimentos parroquiales… Si las personas aquí asistidas festejaran cada vez que tienen que ayunar o abstenerse de comer carne, no estaríamos lejos de afirmar que en España todo el año podría ser carnaval.
Pero mientras quienes deben velar por el Bien Común no se percaten de que, como dijo Luis Vives, “gran honra de una ciudad es que no se vea en ella mendigo alguno; porque la multitud de mendigos arguye en los particulares malicia e inhumanidad, y en los magistrados el descuido del bien público”, nuestra gran nación, la España de Valle-Inclán, seguirá siendo un “Martes de carnaval” con el esperpento de “La corte de los milagros”.

 

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