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Diario YA


 

BASADA EN LA OBRA DE GARCÍA LORCA. UN GRITO DE REBELDÍA CONTRA LA HIPOCRESÍA BURGUESA

Estreno mundial de la ópera “El Público” en el Teatro Real

Fotografía: Javier del Real

Luís de Haro Serrano

Esta inverosímil obra del dramaturgo granadino Federico García Lorca sube por primera vez al escenario del Real como auténtica primicia mundial.

Responde al encargo realizado por el fallecido director artístico, Gerard Mortier, quien desde su llegada a esta Institución se propuso dar cuerpo a una ópera típica española del siglo XXI, siendo este título de Lorca, por sus especiales connotaciones, el que le pareció más significativo para que Mauricio Sotelo (1961) preparara una ópera con auténtica alma flamenca. Un compositor con experiencia que ya había realizado “Dulcinea”.

El mismo Sotelo explica cómo ha afrontado este proyecto del Real: “he utilizado un lenguaje potente para dar luz a los temas que se sugieren en el texto de la obra porque la música posibilita muchas cosas en momentos muy líricos. He preparado para ella unas melodías muy pegadizas que llegarán con facilidad al público del Real. Sus numerosos personajes están escritos con un sentido vocal muy lírico, por ello decidí renunciar a todo tipo de lenguajes y técnicas musicales avanzadas, buscando expresar lo mejor posible el contenido misterioso y visionario que Lorca trasladó a su drama, Posee muchos pasajes que son muy mozartianos y hasta wagnerianos escritos de una manera muy tradicional, con una gran vocalidad lírica y una amplia paleta de registros”. Aún cuando se utilice el arte de varios cantaores, en ella no existe mucho flamenco. Lo que me ha interesado de él ha sido la evocación que hace de ese mundo arcaico, lejano. Un flamenco mezclado con melodías tonales y texturas armónicas que van desde el microtonalismo a sofisticadas técnicas electrónicas, que se escucharán a través de los 35 altavoces que se distribuirán por todo el teatro

El escritor y músico Andrés Ibáñez (1961), con un exceso de libertad, intenta rescatar en el libreto el espíritu y la fuerte dimensión de este título homónimo lorquiano, sin eludir nada la obscenidad, la crueldad y la irreverencia, tan propias de su lenguaje, manteniendo los dos temas fundamentales de la obra; la homoxesualidad y la idea del teatro contemporáneo, que se unen en un tema central que tiene que ver con la apariencia o la máscara. Máscara del amor que no puede decir su nombre, pero que se revela como esencia del ser humano. Un texto que explora el deseo sexual con una franqueza y una complejidad que desafía las posibles intenciones moralizantes.

La obra se escribió en 1930 en Cuba, provocando en su día una dura polémica debido a la explicitud de sus temas. Lorca, consciente de ello, le comentó a su amigo Rafael Martínez Nadal: “Esta obra es para el teatro, pero para dentro de muchos años. Hasta entonces es mejor que no hagamos ningún comentario.

Puesta en escena
La mezcla de tantos conceptos y situaciones que de manera tan incoherente se barajan en esta nada convencional obra y la velocidad escénica de su desarrollo, obligan al espectador a navegar por un cúmulo de ideas tan variadas que resultan difíciles de asimilar si quiere salir de la representación con un mínimo de conocimiento y gusto. En primer lugar debe afrontar la reconocida dificultad del lenguaje de Lorca; inconexo, duro, cruel e irreverente como ya se ha indicado, en el que el libretista ha colaborado poco o nada y, en segundo lugar el desarrollo poco claro de la puesta en escena, que no debe ser obstáculo para el disfrute de la gran belleza plástica con la que está concebida, lo mismo que de la delicada música de Sotelo, magníficamente llevada por la batuta de Pedro Heras, armonizando con su habitual precisión la guitarra de Cañizares, el buen hacer de los miembros de la Klangforum Wien, así como las voces de todo el elenco vocal ( los cantaores presentados como caballos travestidos, Arcángel y Jesús Méndez junto con Isabella Gaudí –Julieta- en su bello pasaje “un mar de sueños, un mar de tierra blanca”, el vestuario tan sugerente de Wojciech Dziedezic, especialmente significativo en el de algunos personajes, la iluminación de Urs Schönen y las atractivas pinturas de Alexander Polzin a las que escénicamente, se les ha sacado un excelente partido.

El director de escena Robert Castro no ha querido limar de ninguna manera esa irreverencia de Lorca en el diseño de la larga secuencia de “la agonía” situada al principio del 2º acto. Una opción que ha debido tener en cuenta dados los lamentables acontecimientos acaecidos recientemente en dos países europeos. Como ya se sabe, la libertad tiene unos límites ¿Por qué traspasarlos sin necesidad?

A pesar de estas ideas, bajo el punto de vista artístico hay que complacerse con el resultado de este magno espectáculo que entra plenamente por los ojos, pero que deja un sabor agridulce por culpa del ininteligible lenguaje multicultural del poeta granadino.
El Real con gran acierto ha diseñado un denso programa de actividades paralelas con la intervención de numerosas entidades culturales.

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