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Diario YA


 

eutanasia infantil, a cuyo favor se han esgrimido, como siempre, razones pseudohumanitarias

La Europa de la muerte

Manuel Parra Celaya. Perdonen los lectores, pero, a última hora, he sustituido mi artículo semanal -que era de carácter más bien jocoso- por el que pongo ahora a su consideración. El motivo es que ha sido imposible permanecer silencioso ante la noticia de la legalización en Bélgica de la llamada eutanasia infantil, a cuyo favor se han esgrimido, como siempre, razones pseudohumanitarias.
 Extendida la plaga del aborto e incluida la eutanasia activa en las legislaciones de Holanda, Suiza, Luxemburgo y la propia Bélgica, ahora ha sido esta última la que se ha sumado a su vecina para ampliar el alcance de la llamada cultura de la muerte, verdadero oxímoron para quienes creíamos que cualquier avance cultural representaba un éxito para la vida humana.
 Me imagino que también incluirán este asesinato legal de menores con enfermedades terminales en los supuestos derechos de segunda generación; como los ya legalizados, tienen razones ancladas en el hedonismo y el relativismo vigentes… y en la economía; lo cierto es que se va conformando un mapa siniestro que nada dice en favor de quienes han defendido y votado esta nueva medida, incluso de los ciudadanos que los han elegido como representantes; todos ellos son un símbolo de la Europa que está renunciando a sus valores y a los orígenes que dan lugar a su esencia.
 Algún parlamentario belga ha exigido no llevar el debate al terreno político. No olvidemos que toda ideología se sustenta en un trasfondo religioso; en este caso, este es evidente, y no dudo en calificarlo de satánico; en primerísimo lugar, se trata de una nueva forma de rebelión contra Dios, único dueño de la vida humana de la que nosotros somos meros usufructuarios: consecuentemente, es un nuevo hachazo a la dignidad del hombre, cuyo derecho a vivir desde su concepción hasta su fallecimiento es sustentado por ese Derecho Natural que se empeña en negar el neoprogresismo. La eutanasia infantil forma parte de la extraña antropología de este signo, obstinado en cambiar de raíz la naturaleza humana. Por el ello, en palabras del profesor Dalmacio Negro Pavón, se trata de una bioideología, que ha sustituido a aquellos planteamientos de la izquierda, teóricamente encaminados a cambiar la sociedad hacia terrenos de mayor justicia y libertad.
 Es evidente que eso ya pasado, y así nos va. Ya no hay cuestión social, que decían nuestros mayores, ni siquiera queridas utopías revolucionarias o meramente reformistas; ahora priva para ellos la cuestión humana, cuyos hilos directores deben buscarse, ya no en el escaparte de los partidos, sino en el laboratorio de las sectas.
 Tampoco hace falta recurrir a la historia, desde la brutal selección de la Roca Tarpeya romana o Esparta -capaz, por otra parte y a diferencia de la inerme Europa actual, de defenderse de las invasiones en el paso de las Termópilas- hasta el nacional-racismo alemán del siglo XX, basado en las mismas razones neodarwinistas que esgrimen los supuestos neoprogresismos que defienden a ultranza el aborto o la eutanasia, sea adulta o infantil.
 Es evidente que mucho se va a ahorrar en investigación en esta época de crisis económica: ¿para qué investigar enfermedades considerables incurables si basta con eliminar al paciente, acto rodeado, eso sí, de las máximas garantías democráticas? Borremos, pues, del mapa de Europa el molesto Juramento Hipocrático de la Medicina y cualquier escrúpulo de naturaleza bioética. Esa Europa que muchos amamos en su tradición, su cultura, sus raíces y sus valores, y para la que veníamos propugnando la unidad, ha dado una nueva vuelta de tuerca para envilecerse a sí misma como la Europa de la muerte.
     

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