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La Historia de España y la clase política actual


Carlos Gregorio Hernández, 14 de agosto.

El poder político en lo que a la Historia se refiere, sobre todo cuando tiene pretensiones totalitarias, se caracteriza por tratar de conformar una visión del pasado acorde a sus intereses presentes, una visión que es mudable en función de las circunstancias aunque las incoherencias resulten palmarias. Así ha sido a lo largo de la historia universal, como pone de manifiesto un somero repaso de los grandes imperios de la antigüedad. La España actual no está al margen de estas políticas, aunque presenta caracteres diferenciados, incluso dentro de las democracias occidentales. La Historia de España supone, en este sentido, un verdadero dilema para la clase política que nos dirige, que se siente incómoda con el conjunto, porque no puede reconocerse en él y por ello propende a la selección, la negación e incluso la abolición de ese pasado.

Nuestro imaginario común está conformado por un amplio retablo que incluye a personajes que por sus elecciones y acciones a lo largo de la historia han terminado por crear nuestro perfil distintivo y constante a lo largo de los siglos. Las gestas de Recaredo, Pelayo y el Cid no son recordadas, admiradas y conservadas en el tiempo por los méritos personales de sus autores sino por la obra común que contribuyeron a realizar, que también está representada en los cuadros de Velázquez, en el personaje literario del Quijote y en el propio paisaje castellano. Ciertamente, cada una de las piezas pertenece al conjunto en tanto que concuerda de alguna manera con él y puede reconocerse en él, por lo que no es extraño que muchas veces se sublime a estos y otros personajes ficticios o reales hasta convertirlos por sí solos en imagen paradigmática de lo español, por ser coherentes con el sentido general de nuestra historia.
 
Pero, hoy por hoy, por la acción decidida de la clase política que nos gobierna, estas figuras resultan antigüedades huérfanas de significado y vana retórica su recuerdo al haberse destruido el retablo, aunque el orden en el pasado aparece diáfano a los ojos de quien quiera verlo. Es evidente que nuestro presente ha perdido los lazos con nuestra historia y no parece fácil un cambio de rumbo en las actuales circunstancias, aunque para erradicar aquella España tengan que destruir sus reliquias y, en último término, aniquilar la inteligencia de los hombres que, aun sometidos, sean conscientes de la realidad. Suso del Toro, el asesor de Rodríguez Zapatero, es quien ha ido más lejos a la hora de descalificar el conjunto, aunque también termina por llegar a aparecer la incoherencia que hace relucir la verdad que artificiosamente se pretende ocultar. ¿Cómo es posible conciliar la convivencia de las tres culturas en la España medieval y a la vez la inexistencia de esa misma España en el medievo? Si se alza la mirada al margen de ideologías y se contempla en perspectiva el conjunto, no puede llegarse a otras conclusiones que las que tradicionalmente han plasmado los historiadores y que tan poéticamente expresara el republicano Claudio Sánchez Albornoz en el siglo XX. Todo lo demás, cuando se profundiza, termina por resultar extraño y carente de significado.
 
¿Regalaría doña María Teresa Fernández de la Vega el Cortés del también republicano Salvador de Madariaga? Lo cierto es que tampoco lo regalaría la oposición, porque si de la lectura nace la imitación, el conservadurismo y el materialismo no tendrían cabida en nuestros espíritus, pues ambos son ajenos al sentido histórico de la nación española.

 

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