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Diario YA


 

Camino de Zinderneuf

La literatura como asidero último

Juan Carlos Blanco. Escribimos todos por la sencilla razón de que el invierno es eterno y porque si no, los lobos y las tormentas de hielo se nos tirarían aún más deprisa a la yugular.

Parafraseando parcialmente a Mitchell. Memento mori. La búsqueda permanente de la belleza y la propia conciencia de nuestra levedad, nuestro paso fugaz y apenas visible. No queda tiempo para restañar las heridas ni volver someramente la espalda, o ladear la mirada. Y en eso consiste en verdad lo que nos ocupa, en transitar enconadamente hacia un final que no admite duda. Y que no puede ser cuestionado. La lucidez de unos pocos aporta esa dosis extra de consuelo sin la que no lograríamos soportar la pesada carga que nos resulta inherente y de la que no podemos desprendernos nunca. Los libros como asidero último. O penúltimo. El legado de los que vivieron antes de nosotros y que contemplaron escenarios que nos pueden resultar familiares y que hubieron de enfrentarse a situaciones que son comunes a todos con independencia de la época que nos toque en suerte. La mirada resignada y juiciosa del entrañable Cervantes al calibrar el deambular de los hombres por entre la maleza que nos rodea a cada paso que damos, y que perdura más allá de su borrascoso siglo y que se ofrece con una vitalidad digna del más encendido elogio. Y de la conmiseración más plena. La sabiduría pragmática de Montaigne que resulta tan evocadora y que devuelve la sencillez a las cosas que en verdad son sencillas, su ironía descarnada y su convencimiento de que en realidad no es tanto lo que necesitamos para llevar a cabo felizmente el trayecto. El heroísmo primigenio que acompañó en todo momento a los protagonistas de Joseph Conrad, vencidos de antemano y plenamente conscientes de la inutilidad de su esfuerzo, y de su sacrificio, sabedores desde el comienzo que habrían de enfrentarse inexorablemente a la derrota última y sin paliativos que siempre acecha y que termina por tumbarnos más pronto que tarde. Las contradicciones existenciales de Fitzgerald y su proceso de autodestrucción que derivó en la escritura sarcástica y vagamente resentida que impregnó su obra y que ayudó a recrear el escenario tan desgarrado y vivificante de los felices veinte. Los excesos de Hemingway, vitales y literarios, su necesidad perentoria de abarcarlo todo y de disfrutar de cada instante con toda la intensidad posible, su egolatría incorregible y su afán por perdurar y situarse más allá de su época y circunstancias, boqueando de manera incesante en pos de la eternidad. Los grandes novelistas rusos del diecinueve, con su crudeza congénita y esa aureola de popes irreverentes, hacedores de un universo propio que nos hace volver una y otra vez la mirada hacia su pugnaz escritura.

Stendhal y Victor Hugo. Balzac, Melville y Dumas. Thomas Mann, Lampedusa, Kipling. Decenas y decenas de nombres propios que forman parte indisoluble del imaginario colectivo y que nos permiten observar lo que nos rodea con otros ojos, una vez inoculadas sus experiencias personales que nos ayudan a configurar una hoja de ruta a la que atenernos en según qué circunstancias. Y en eso consiste en la mayoría de las ocasiones, en buscar consuelo y en conformar un escenario que nos facilite el trayecto, un asidero real al que encomendarnos llegado el caso, si vienen mal dadas. Y aunque no lo vengan. Tendemos todos a movernos con mayor facilidad por el terreno pisado una y mil veces, previamente transitado; el conocimiento aporta siempre esa brizna de mesura y capacidad de discernimiento que nos favorece y que nos impulsa a desenvolvernos con mayor acierto. Y que nos permite, al fin, ofrecer toda la resistencia de la que somos capaces a los lobos y tormentas de hielo que nos cercan y que de otro modo se nos tirarían aún más deprisa a la yugular.

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