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Cuando las tiren, será el final, y Troya caerá

Las columnas de Troya

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Laureano Benitez Grande-Caballero. ¿Cómo es posible que un país civilizado como España se haya entregado a la masoquista marea autodestructiva de la izquierda radical, que ha surgido en nuestra patria como un tumor maligno? Sólo un pueblo profundamente infeliz puede empeñarse en esta catarsis negativa que vive España en la hora actual

Confieso que llevo tiempo dando vueltas a la inquietante cuestión de comprender cómo es posible que  España,  un país civilizado dentro de un entorno europeo de prosperidad y democracia, haya consentido y aprobado que se introduzca dentro de sus muros el Caballo de Troya de la izquierda radical, cuya intención declarada es dinamitar el modelo de Estado que tenemos, y hacer pedazos muchos de los principios que han regido nuestra convivencia. En una palabra, la izquierda antisistema quiere hacer precisamente eso: destruir el sistema. Acabar con Troya.
¿Por qué nos está pasando esto? ¿Por qué justo a nosotros nos tocó ser nosotros? La respuesta típica es decir que la crisis en España ha sido superior a la de otros países, con el dato trágico de un paro monstruoso, por encima del 20%, crisis que hay que mezclar con el hartazgo de la corrupción de los dos grandes partidos. Esta argumentación es cierta, pero no explica el pasmoso fenómeno de ver a un país presuntamente civilizado entregándose a un  extraño harakiri, empeñándose en una abracadabrante y masoquista marea autodestructiva.
Si alguien se suicida, no dudamos que es porque llevaba una vida desdichada e infeliz. Lo mismo sucede a nivel colectivo: un pueblo que da mucho poder a los antisistema, para que lo devoren como un tumor maligno, demuestra su profunda infelicidad. ¿Qué otro motivo puede tener alguien para querer cargarse el sistema sino el achacar a éste la culpa de su desdicha, de su insatisfacción en la vida, pues sabe que, si dinamita el sistema, él también caerá, y provocará su propia ruina?
Según el Informe Mundial de felicidad de 2012, España aparece en  el puesto 38 entre 150 países. Pero lo más trágico es que somos el sexto país mundial que pierde más felicidad. El porcentaje de población feliz en nuestro país es del 55%, lejos de los que se dan en otros países europeos. Un afamado periodista contaba el otro día en un artículo que estuvo viajando por España un fin de semana, y durante su transcurso no encontró a ningún español feliz, ya que todos se quejaban amargamente de todo. A este respecto, no se me ocurre una mejor explicación para la catarsis radical que vivimos en España que la frase que escribió en un cartel un restaurante de Madrid, en el cual, en vez de menús, se anunciaba apocalípticamente esta tremenda sentencia: «Somos demasiado jóvenes para ser tan infelices».  
Es a todas luces evidente que un joven sin trabajo, o que gane tal miseria que no pueda emanciparse de sus padres corre el riesgo de hacer un rápido máster antisistema. Por eso no es de extrañar que todas las encuestas asignen el mayor apoyo a la izquierda radical en la franja de población entre 18 y  34 años. Si a esto se le une como catalizador la inveterada rebeldía juvenil, que les proporciona sus ínfulas utópicas e ingenuas de querer cambiar el mundo, la amalgama final resulta poco menos que explosiva.
A estas causas hay que sumarle la costumbre tan española de no querer asumir nuestros problemas, de los que siempre son culpables los otros, los demás. Este mensaje es el que expresa la cómica frase: «No somos antisistema: el sistema es antinosotros». En caso de no encontrar a nadie en concreto contra el que arremeter nuestra frustración, la culpa, ya se sabe, es del Gobierno, y hacia él se dirigen nuestras miradas llenas de ira, responsabilizándole de nuestros males, y poco faltará para que el mamarracho de turno la emprenda a pedradas o a tuits contra todo aquel que no piense como él, o que le dé por llevar corbata o sombrero de copa.
Este vicio de echar la culpa a los demás o al sistema tiene su semilla en nuestro pecado capital más insigne: la envidia. Según Vicente Verdú, que ha escrito algunos libros de sociología, «hay dos factores importantes alrededor de la felicidad. Uno es la autoestima: estar bien consigo mismo, tener trabajo, la relación con los demás, sentirse valorado. Y la desigualdad. Lo que hace más infelices a las personas es ver a gente alrededor que disfruta de un estatus superior. La desigualdad lleva a la tristeza y a la criminalidad».
Y a la envidia, un rasgo esencial de nuestra idiosincrasia, perteneciente por derecho propio a la «marca España», como el jamón de bellota y la paella. Y de la envidia al odio no hay más que un pequeño paso, pues éste encuentra su motivación más profunda en la hiel que amarga la vida del envidioso al ver que hay gente que triunfa, que tiene éxito donde él ha fracasado, que tiene más talentos y capacidades que él… que es feliz, en una palabra. Los antisistemas tienen aquí su perfecto caldo de cultivo, pues de este odio nace el rencor contra los que tienen y son más, y desde aquí acaban en todos los «antis» habidos y por haber. En primer lugar, en el anticapitalismo, que expresa una verdad palmaria: el odio hacia todo aquello que los antisistema quieren tener y ser, pero que no poseen y difícilmente poseerán. En una encuesta realizada por IPSOS entre 24 países, se reflejó que el español es el europeo que da más importancia al dinero para la consecución de la felicidad. Es decir, que lo que más envidiamos es el dinero.
Según la psicología, proyectamos sobre los demás lo que no queremos ver en nosotros, con lo cual pasan a ser nuestros enemigos, «nuestros antinosotros». Quien odia el sistema demuestra que su deseo más profundo es formar parte de él. Los anticapitalistas son precisamente aquellos que más adoran el capital.
¿Qué ocurrirá en las inminentes elecciones generales? ¿Despertaremos de esta pesadilla que ahora campea por nuestra piel de toro ―con perdón―, o, por el contrario, nos despeñaremos con estrépito por los abismos de la izquierda radical?
El primer antisistema conocido fue el Sansón bíblico. Ciego, esclavizado y maltratado por sus enemigos filisteos, se vengó de ellos echando abajo las dos columnas que sostenían un templo, utilizando la hercúlea fuerza que le daba milagrosamente su cabello, aunque también él murió aplastado por el tremendo derribo, cosa que el héroe ya suponía cuando gritó: «¡Muera yo con los filisteos!».
Otro «columnista» famoso fue el mítico y legendario Hércules, aunque éste no destruyó, sino que instaló en los confines sureños de nuestro solar sus dos famosas columnas, un símbolo patrio de tal magnitud, que campea en nuestro escudo nacional. Entre Pedro Sánchez ―antisistema reconvertido― y el  «Sansón» antisistema Pablemos ―con la pasmosa fuerza «alfa» que le da su cabellera― tocan a una columna cada uno.
Cuando las tiren, será el final, y Troya caerá.
 

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