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Diario YA


 

Lo que no se puede decir no se debe decir

... Nadie buscaba a un esforzado taxista paquistaní,a un generoso farmacéutico marroquí o a un bondadoso y pacífico imán

Manuel Parra Celaya. Francamente, no sé por dónde empezar, como no sea con una explicación a los lectores por este mes de silencio. A modo de disculpa, declararé que es materialmente imposible que coincidan inspiración, ganas y oportunidad de tomar la pluma, y acceso a los recursos tecnológicos y a la red desde un campamento, primero, y en el Camino Primitivo de Santiago, después, que son las actividades que me han llenado felizmente agosto. Y eso que -por desgracia- no han faltado noticias que comentar, entre la barbarie terrorista, el empecinamiento separatista y la falta de oportunidad y de coraje, respectivamente, por parte de quienes deben hacer frente a ambas lacras, tan de actualidad en una Cataluña geográficamente lejana para mí este verano.

Por supuesto, intenté seguir las nuevas con el dolor, la preocupación y la avidez que ustedes supondrán. Al mismo tiempo, quise centrar la atención en las reacciones de la gente normal, esa a la que no suelen entrevistar las televisiones; en esta línea, reanudo mis artículos con este tenor. Destaco, así, algo que me quedó grabado en un local público de una aldea asturiana al final de una jornada de andadura, justo cuando la pequeña pantalla reflejaba el atentado criminal en las Ramblas barcelonesas.

Entre el horror y la sorpresa, los parroquianos se explayaban a sus anchas, y puedo asegurar que en aquel momento nadie buscaba a un esforzado taxista paquistaní, a un generoso farmacéutico marroquí o a un bondadoso y pacífico imán, para fundirse con ellos en un abrazo y demostrar así que no se caía en el pecado mortal de la islamofobia. Una buena señora, madre de familia por más señas, expresó su sentir, que fue compartido con el asentimiento expreso de sus contertulios; a continuación, pronunció la frase clave: Claro que todo esto que ahora hablamos, no se puede decir en voz alta…

Contradiciéndose aparentemente a sí misma, vertió toda una serie de opiniones sobre otros temas de política y de historia, que entraban de lleno en el catálogo de prohibiciones por parte de la corrección al uso. Nadie la contradijo en ningún punto. ¿Qué demonios está pasando en esta sociedad española, donde teóricamente brilla en todo su esplendor el derecho humano a la libertad de expresión para que existan pareceres-tabú, ideas heréticas y heterodoxias punibles, ya sea para la ley o para el qué dirán de la dictadura de las mayorías? ¿Cómo se ha llegado a entender como cuasi delito la discrepancia de la versión oficial?

Y, lo que es peor, cómo se ha llegado a colar en nuestras conciencias esta sarta de prohibiciones morales para que opere una autocensura brutal, que nos impide pronunciar palabras, expresiones o juicios personales. Ríanse ustedes de aquella censura de antaño que se fijaba obsesivamente en la longitud de las faldas y de los escotes o aquella otra censura previa de la época de Fraga…

Alguien dijo que el más perfecto estado totalitario es aquel que no precisa de la fuerza para asegurar la sumisión; se han interiorizado tanto las consignas de la oficialidad democrática que ni siquiera serían necesarias esas leyes absurdas que se sacan de la manga los parlamentos nacionales o autonómicos, ni los códigos de estilo que limitan la actuación de los periodistas.

Todos -menos mi buena señora asturiana- están de acuerdo en que lo no se puede decir no se debe decir. De la libertad sin ira que cantaban los mozos de Jarcha, ha desaparecido el primer término del verso; acaso, tal como vamos, también desaparezca lo que se afirma en el segundo… Cuando salió la señora con su familia del local, las conversaciones, como de común acuerdo, giraron en torno a los últimos fichajes de jugadores de fútbol.

Entretanto, la televisión seguía ofreciendo las imágenes espeluznantes del terrorismo islámico y las no menos pavorosas de la estulticia de los gerifaltes de orden público de la Generalidad catalana, aquellos a los que una agencia norteamericana había comunicado, al parecer, datos fidedignos del ataque terrorista con mucha antelación. En días posteriores, al final de cada etapa del Camino de Santiago, me procuré enterar de más aspectos, pero no llegué a escuchar entre el público opiniones tan valientes como la de la buena asturiana. Las consignas de la tele seguían centrándose en evitar islamofobias, y la lección estaba ya aprendida y asumida por el pueblo español.

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