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Diario YA

COLECCIONISMO

Para España, el hombre ha sido siempre ´persona´

MANUEL PARRA CELAYA. A todos nos ha dado, en un momento u otro, por el coleccionismo, del que decían los antiguos manuales pedagógicos que formaba en hábitos de disciplina y método y que se trataba de un entretenimiento educativo como el que más.
    Recuerdo de mi niñez que, en un principio, fueron los tradicionales cromos: de inventos, de futbolistas y de un álbum que desaconsejaban las personas de orden, llamado Historia de las armas, razón que hizo que me aficionara más a esta colección; luego vendrían las cajas de cerillas… En fin, más o menos como todos los de mi generación. El coleccionismo de sellos es ya un clásico, y mucho más moderno el de chapas de tapones de cava, que hace furor. Tengo conocidos, por otra parte, que son verdaderos recopiladores de objetos de valor histórico y militar, alguno de los cuales puede rozar las prohibiciones que establece la estúpida memoria histórica.
    Me queda ahora mi afición a los libros curiosos (con licencia de mi esposa, claro) y la manía de guardar pequeñas piedras de cada montaña que aún puedo subir, con indicación de fecha y lugar, lo que supongo no entra en la categoría de delito ecológico; asimismo, les tengo apego a los objetos familiares y a los recuerdos de entrañables experiencias, qué le vamos a hacer.
    Se me ocurrió a veces coleccionar otras cosas, como frases estúpidas pronunciadas por ignaros personajes públicos, pero desistí porque ello sobrepasaría mis posibilidades de espacio en mi hogar ciudadano; de manera que me conformo con mis cuatro chucherías, sin caer jamás en el síndrome de Diógenes.
    No sé si la afición a coleccionar forma parte de las preferencias de muchos jóvenes; me temo que el presentismo en el que han sido maleducados se lo impide, pero siempre quedarán quienes se permiten hacer cortes de mangas a los dictámenes de las modas y de lo políticamente correcto, y estos gozan de toda mi admiración.
    Me permito dos sugerencias a quienes viven hoy su plena juventud y asumen aquello de los valores educativos del coleccionismo; ambas propuestas van entrelazadas fielmente, y me atrevo a asegurar que una precisa de la otra, si es que pretenden ese talante axiológico. La primera es que compilen datos sobre hechos y personajes significativos y ejemplarizantes de la historia de España, de esos que desconocen los políticos por sistema, sea por incultura o mala uva. Es un tipo de coleccionismo que no suele favorecerse desde las aulas actuales y que puede sorprender sobremanera, quizás por su carácter oculto.
    Pueden empezar, por ejemplo, por lo concerniente a la defensa de Cartagena de indias por un tal Blas de Lezo, vasco por más señas y ausente de los libros de historia y, cómo no, de las pruebas de Selectividad; o por la gesta de los sitiados en Baler, que seguro deparará asombro, si no admiración, para muchos adocenados por la ESO; de ahí, pueden hacer acopio de personajes casi de leyenda, que no son los superhéroes de Marvel, pero que los superan, como Cortés, Pizarro, Ojeda, Balboa, Magallanes, Cabeza de Vaca, Elcano, Juan de Zaldívar, Fray Junípero Serra…
    Ya que estamos inmersos en compartimentos autonómicos casi estancos, tampoco estaría de más que recurrieran a las figuras autóctonas de su tierra, para comprobar que ninguna de ellas se sintió mínimamente atraída por el particularismo , vulgo nacionalismo o, más exactamente, secesionismo. En el caso de Cataluña, se podría establecer una buena colección con los nombres de Muntaner, Luis de Recasens, Gaspar de Portolá, Amadeo Vives, Juan Prim, Narciso Monturiol, Albéniz, Granados, Marquina, Rius i Taulet, Fortuny, Gaudí, Dalí…hasta alcanzar una larga lista de catalanes universales, desconocidos para el señor Torra.
    La segunda sugerencia -ya he dicho que entrañablemente unida a la primera- consiste en coleccionar desideratas, ilusiones o promesas, para la sociedad que les va a tocar vivir. En efecto, ya sabemos que el pasado forma con el presente y el futuro un continuum inexorable; la afición a la historia no consiste en copiar lo que lo hicieron otros en su época, sino en intentar adivinar lo que ellos harían de encontrarse en nuestro momento.
    A esta figura se le podría llamar coleccionar valores, que servirían de guía personal y generacional para hacer frente a las circunstancias que el destino les pudiera deparar. Pueden tener como referencia inicial de su colección lo que eminentes pensadores han considerado que constituye el ADN de los españoles; hay muchos y buenos catálogos al respecto. Como invitación a este trabajo prospectivo de ejemplos del pasado y futuribles, ofrezco la que nos dio Julián Marías en su España inteligible, que puede muy bien servir como puente entre el ayer…y el mañana:
    Para España, el hombre ha sido siempre ´persona´; su relación con el Otro (moro o judío en la Edad Media, indio americano después) ha sido personal; ha entendido que a vida es ´misión´, y por ello la ha puesto al servicio de una empresa transpersonal; ha evitado, quizás hasta el exceso, el utilitarismo que suele llevar a una visión del hombre como cosa; ha tenido el un sentido de la convivencia interpersonal y no gregaria, se ha resistido a subordinar el hombre a la maquinaria del Estado; ha sentido la vida como inseguridad, no ha creído que su justificación sea el éxito: por eso la ha vivido como aventura y ha sentido simpatía por los vencidos.
    De todas maneras, para comenzar una colección se debe poner el punto de partida en el hoy, y no pensárselo mucho antes de iniciarla.