Por dos de los nuestros
Tomás Salinas García
Honor y honra para ellos, traicionados y asesinados con cobardía. Han muerto cumpliendo con su bandera y su país, representando a España con profesionalidad y valentía. Aquel al que enseñaban cómo ser libre, cómo vivir en democracia, giró su locura hacia ellos y acabó con sus vidas. Ninguna muerte es digna, pues el hecho de morir no lo es, pero perecer ejecutados por el canalla al que ayudaban, por el felón por el que se sacrificaban, es más cruel si cabe.
Dolor infinito, pena y amargura para los que quedan esperando su regreso. Aun comprendiendo el peligro y participando del riesgo, nunca la imaginación les había llevado por este sendero. Sólo se les puede acompañar en su tristeza y llorar junto a ellos. Nada más que eso. Esta hiel les pertenecerá toda la vida, inundando sus recuerdos.
Rabia e indignación para muchos que no comprendemos por qué hay españoles que mueren en Afganistán, en virtud de qué misión nuestros militares deben arriesgar sus vidas en una tierra salvaje que nos odia, que nos ve como un enemigo al que exterminar en nombre de Alá y del negocio del narcotráfico.
La política internacional se ha cobrado dos nuevas víctimas, nos ha propinado dos nuevas puñaladas. Conocemos el incuantificable trabajo de los soldados y guardias civiles españoles, y el valor con el que desarrollan su cometido. Pero permitan a este triste y pobre tonto que se pregunte qué hace España en Afganistán, qué parte de nuestra democracia defendemos allí.















Por eso hay que pedirles que no se molesten y que se apeen del burro; que admitan, por favor, que las medidas aplicadas hasta ahora no han dado resultado. Que dejen de engañarse y engañarnos creyendo que las cifras experimentaran una mejoría en breve.

Y si el Cardenal Rouco decía que “la advertencia la hacía Juan Pablo II no contra la democracia, sino precisamente en favor de ella”, podemos decir que el recuerdo hoy de esta advertencia es seguramente el gesto más importante para rescatar la débil democracia española.
Hay frases, sentencias, principios, imágenes, que te acompañan allá donde vayas. Una de esas sentencias define, como pocas, el sentimiento aristocrático de la vida. 


