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Por qué la Iglesia condena los totalitarismos


Joaquín Jaubert. 8 de agosto.

En estos últimos días, se han disparado en los medios de comunicación comentarios varios sobre la celebración de las Olimpiadas en un país nada respetuoso con las mínimas libertades y derechos del ser humano. Muchos, intencionadamente, han reducido sus comentarios a la injusta situación del Tibet no abordando en sus informaciones aquella en la que se encuentra la Iglesia Católica y, en general, la padecida por el pueblo chino. Incluso los medios más cercanos a los criterios católicos no han sabido diferenciar entre un sistema autoritario, una dictadura y un totalitarismo cual es el que, todavía, subsiste en la China comunista realizando comparaciones cuando menos injustas que harían sonrojar al recientemente fallecido premio Nóbel de literatura Aleksandr Solzhenitsyn que sufrió en la URSS, y valientemente denunció, el sistema totalitario socialista soviético y pudo comprobar la distancia abismal con un sistema autoritario que, curiosamente, condenó el totalitarismo comunista. Y es bueno diferenciar porque, precisamente, en las diversidades se puede descubrir la tremenda crueldad, en todos los ámbitos, que los totalitarismos en sus coincidencias ejercen sobre sus súbditos aherrojados a la esclavitud más profunda y a la muerte que no siempre aparecen en algunas dictaduras que sólo tienen una finalidad temporal, que responde a acontecimientos de la nación donde se implanta, sin buscar contra natura ocupar todos los espacios vitales de la persona, respetando libertades económicas y sociales. Esta bestialidad de la que tratamos llevó a Pío XI a condenar los totalitarismos: el comunista, condenado anteriormente por Pío IX, León XIII y el propio Pío XI; el nacional socialista; y denunciar el fascista, también, de origen socialista. 

Tres encíclicas de Pío XI Divini Redemptoris sobre el comunismo, Mit Brennender Sorge sobre el nazismo, y Non Abbiamo Bisogno sobre aspectos del fascismo referidos al asociacionismo católico y a la educación de niños y jóvenes, nos ilustran sobre lo que comparten todos los totalitarismos. Que unos sean neopaganos, con la presentación de términos cristianos vaciados de contenido o adulterados, y el otro ateo no impide la coincidencia en lo esencial. Por supuesto, les identifica sus parecidas concepciones del Estado, la actuación del mismo y la repercusión en la persona, la familia, la sociedad y la Iglesia. Según el Magisterio Pontificio son características comunes en estos sistemas políticos: la utilización de la mentira en la propaganda, expuesta masivamente en los medios de comunicación social contra la Iglesia y la Verdad Católica; el uso de la represión contra las asociaciones católicas; las burlas a todo lo sagrado fomentadas desde el gobierno; la consideración de la Iglesia como un poder extranjero, incluso, en algún caso, creando iglesias nacionales dependientes del partido único; educación a los niños y jóvenes en una nueva moral, inventada por el hombre, apartando a los padres de este derecho y deber natural en la institución familiar y, por supuesto, a la Iglesia; la reducción de la religión a la esfera de lo privado; incumplimiento si los hubiere de pactos y concordatos; legislaciones contrarias al Derecho Natural; el relativizar el derecho a la vida o a vivir la vida; etc. Lógicamente, al escribir los documentos el Papa Pío XI no conocía las manipulaciones genéticas y demás hechos descubiertos con posteridad.

Supongo que en la lectura del párrafo anterior, más de un lector de nuestro periódico estará pensando que la mayoría de lo condenado por el Magisterio Pontificio contra los totalitarismos le suena muy actual y no sólo en la China de la Olimpiadas. Y se podrá preguntar con toda razón ¿pueden existir visos de totalitarismo en algunos sistemas políticos democráticos occidentales? Pues sí, así de claro, la partitocracia nos está conduciendo al dominio temporal de dos partidos “únicos” que comparten lo fundamental y cuyos dirigentes pueden estar endiosados y deseando, como antaño los sistemas en este artículo expuestos, cambiar el mundo desde unas opciones generadas en la mente perturbada de los que alejados de Dios se creen dioses.

 
 
 

 

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