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Diario YA

LA MANIFESTACIÓN DEL DOMINGO:

Reflejo del hartazgo de la población y del fracaso del sistema

PEDRO SÁEZ MARTÍNEZ DE UBAGO. La manifestación del pasado domingo en Madrid es un reflejo del hartazgo de la población y del fracaso del actual sistema político. Una manifestación convocada por dos de los principales partidos políticos, a los que se sumó un tercer partido que se puede considerar “emergente”, consiguió ser secundada por 45.000 personas según la Delegación del Gobierno y 200.000 según los convocantes. Quien esto escribe tiene la costumbre de no fiarse de las partes y buscar un término medio. Es decir, si a los 45.000 sumamos los 200.000 y lo dividiéramos entre dos, la cifra resultante diría que, entre los tres partidos, han logrado reunir unos 120.000 asistentes.
La ciudad de Madrid tiene uno 3.350.000 habitantes, número que se casi duplica en el resto de la Comunidad Autónoma. Es decir, a la manifestación sólo concurrió en torno al 2% de la población censada en la provincia. Esto adquiere otra consideración aún más calamitosa si, como sabemos, añadimos las muchas decenas de autobuses y centenas de vehículos particulares que consta que llegaron del resto de España.
Si esto es todo lo que, en medio de la tormenta política y económica que nos está asolando a los españoles, consiguen dos importantes partidos y otro que parece aspirar a serlo, las expectativas y las implicaciones resultan desoladoras. Pensemos que sólo un partido de fútbol importante suele congregar en el Santiago Bernabeu a unas 80.000 personas y porque el aforo del estadio es de 81.000.
Según esto, podría pensarse que, entre la ciudadanía, hay mayor interés por el deporte que por la unidad de España o la convocatoria de unas elecciones. Esto, que parece increíble, se explica a la luz de las encuestas del controvertido CIS, según las cuales, junto al desempleo y la situación económica, los españoles vemos como dos de nuestros principales problemas a nuestros políticos, ninguno de los cuales alcanza el aprobado, y la corrupción generalizada a que éstos han venido dando lugar durante décadas.
¿Cómo va el español a acudir a la convocatoria de alguien en quien desconfía? ¿Qué sentido tendría, con estos dirigentes, que se celebraran nuevos comicios, si llevamos cuarenta años acudiendo a citas con las urnas y, cada vez España se encuentra en peor situación? ¿Se quiere, de verdad acabar con el problema catalán? ¿Tienen credibilidad las promesas de los partidos?
Sobre el problema catalán tuvimos a Felipe González que ya se apoyaba en los nacionalistas. Le siguió José María Aznar, quien, cuando necesitaba los votos de Pujol no dudó en declarar que hablaba catalán en la intimidad? Le siguió Rodríguez Zapatero, un gran mentiroso y necio a quien se podrían aplicar las palabras de Ortega y Gasset “El tonto es vitalicio y sin poros. Por eso decía Anatole France que un necio es mucho más funesto que un malvado. Porque el malvado descansa algunas veces; el necio, jamás”. Y a éste le siguió Rajoy, que vino malvado de su viaje a Méjico, pero que, aunque tarde, poco y mal, en uno de sus momentos de descanso, aplicó el artículo 155. Salvo eso, se fue del Palacio de la Moncloa como llegó a él, sin hacer nada meritorio. Sin ninguna gloria pero causando la pena y vergüenza de millones de españoles cuya confianza traicionó hablando de herencias envenenadas.
Hoy el Partido Popular lo gobierna un señor que ya tuvo la confianza de Aznar y Rajoy. Que es de su línea y estuvo en sus equipos ¿Siendo así, qué confianza puede merecer?
¿Y qué confianza merece el jefe de un partido que, para hacerse famoso, aprovecha que es más joven y menos feo que otros para poner fotos desnudo en sus carteles de propaganda? ¿Qué confianza puede generar este señor cuando en un sitio pacta con socialistas, en otro con populares y en otro con el lucero del alba si hubiera menester?
¿Nuevas elecciones? ¿Qué sentido tendría volver a votar a los mismos perros con distintos collares? Desde que empezó la andadura democrática, con la actual de Pedro Sánchez, España ha soportado 12 legislaturas. No soy supersticioso y no me da miedo el número 13. Pero me gusta la Historia, procuro conocerla y, desde aquí invito a los lectores a hacer lo mismo. Vayan a su buscador de internet o su hemeroteca y confronten cómo han ido evolucionando los indicadores de paro, PIB, deuda en esas 12 legislaturas. Confronten, también, las diversas promesas de quienes en los diferentes comicios dirigían los partidos y encontrarán desde los 800.000 puestos de trabajo de Felipe González hasta los cambios de la Ley del Aborto de Mariano Rajoy o las promesas de todos para luchar contra la corrupción, así como los escándalos que vienen protagonizando.
Igual, alguien descubre que el sistema no funciona y que nadie quiere que funcione, porque nuestros políticos no son gobernantes ni mucho menos estadistas. Son simples esclavos de la sociología y los intereses particulares. Es decir, son unos individuos que dicen lo que cree que se quiere oír para, si aciertan, usar los votos en su provecho y beneficio.
Repasen la Historia, vean lo ocurrido y, quizá les venga a la memoria lo que, en 1933, en plena Segunda República, dijo un famoso abogado y pensador, a quien hoy podemos, además, considerar clarividente: “El sistema democrático, que es, en primer lugar, el más ruinoso sistema de derroche de energías. Un hombre dotado para la altísima función de gobernar, que es tal vez la más noble de las funciones humanas, tenía que dedicar el ochenta, el noventa o el noventa y cinco por ciento de su energía a sustanciar reclamaciones formularias, a hacer propaganda electoral, a dormitar en los escaños del Congreso, a adular a los electores, a aguantar sus impertinencias, porque de los electores iba a recibir el Poder; a soportar humillaciones y vejámenes de los que, precisamente por la función casi divina de gobernar, estaban llamados a obedecerle; y si, después de todo eso, le quedaba un sobrante de algunas horas en la madrugada, o de algunos minutos robados a un descanso intranquilo, en ese mínimo sobrante es cuando el hombre dotado para gobernar podía pensar seriamente en las funciones sustantivas de Gobierno”.