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la gallera

Sobre la experiencia del dolor

José Escandell. 24 de enero.

Suena simplón el decir que el único problema es el mal. ¿Cómo va a ser problema otra cosa? El bien no es problema más que cuando, en algún sentido, se hace menos bueno. El mal es el problema.

Entre los males, los que son físicos pueden llegar a ser agobiantes, incluso a poner en jaque todo el equilibrio interior. El mal físico puede romper la personalidad y abismarla en depresiones, desesperaciones o desconsuelos. En muchos casos, lo malo, por así decir, del mal físico es sobre todo su carácter impersonal.

Cuando se sufre una gran desgracia es duro mantener la entereza si resulta que el sufrimiento es meramente casual. Como que resulta psicológicamente necesario localizar un responsable. Al dolor físico se une, en su fondo, un más doloroso sentimiento de vacío cuando resulta que no hay nadie que responda del mal. Es insoportable la percepción de que lo que acontece no responde ni siquiera a una inteligencia. La sensación de desamparo es terrible. Es la soledad de no verse rodeados ni siquiera por sujetos malvados, sino en el vacío de una realidad sin escrúpulos. Esta experiencia es originaria, y no depende para nada de lo reflexivo que uno sea.

El mal que no es inteligente es un mal brutal, ciego y material, frío como el acero, implacable. No tiene salida posible. No hay con quién hablar para que pueda reconsiderar lo que ha hecho, no cabe pedir justicia, no cabe esperar rectificación, misericordia o, en el colmo, un milagro. A quien no atiende a razón alguna no se le puede pedir responsabilidades ni apelar a su corazón.

Cuando llueve de pronto, cuando resbalo en la escalera, cuando enfermo de gravedad o muere en accidente un ser querido… ¿hacia quién levantar el puño airado? Pero, aunque no sepa hacia quién levantarlo, el que sufre lo levanta, aunque solo sea por huir de la angustia. Se entiende que, ante catástrofes de gran envergadura, los hombres desesperados dirijan una mirada resentida hacia lo alto. Porque debe ser muy alto quien deja caer sobre los hombres un peso tan grande.

De esta manera, el mal se convierte en argumento a favor de la existencia de Dios.

 

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