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Diario YA


 

cartas al director

Sobre Mons. Lefebvre

Eduardo Montes. Santander.

En el diario YA DIGITAL del día 20 de febrero aparece un artículo titulado “Mons. Lefebvre y la Fraternidad de San Pio X” firmado por José Bernal al que creo obligado responder por tratarse de una mezcla de confusión y parcialidad impropia, no ya de alguien vinculado a una Facultad de Derecho Canónico, sino de una persona de cultura mediana que se acerca la realidad sin prejuicios y con más deseo de comprender que de juzgar.

Ignora José Bernal los más elementales datos biográficos de la persona a quien ataca, por ejemplo cuando afirma que tuvo “seis hermanos sacerdotes y tres hermanas religiosas”. Porque los hijos de René Lefebvre, muerto, por cierto, en un campo de concentración nazi, fueron ocho, de los cuales sólo cinco fueron religiosos: dos religiosos de la Congregación de Misioneros del Espíritu Santo, René y Mons., y tres religiosas, una carmelita, otra religiosa reparadora y una tercera de la rama femenina de la Congregación del Espíritu Santo, a la que sus dos hermanos pertenecían. Tampoco se puede atribuir la condenación de la “Acción Francesa” a Pio IX porque no fue él (fallecido en 1878) sino Pio XI el autor de dicha condenación. Por cierto que dicho acto de gobierno de Pio XI tuvo consecuencias desastrosas como lo reconocería con más autoridad que nadie su sucesor en la Sede de Pedro que anuló dicha condenación al comienzo de su pontificado, concretamente en 1939.

Pero, a mi juicio, aún es peor el resultado cuando se prescinde de alguno de los acontecimientos más relevantes de su vida pública. Así, yerra también Bernal cuando dice que “Dos enseñanzas del Concilio Vaticano II le resultaban altamente difíciles de aceptar: la colegialidad episcopal y la libertad religiosa”. Y yerra porque se olvida del ecumenismo que repetidas veces manifestó que “le resultaba difícil de aceptar” y esto no sólo por su experiencia de treinta años de misionero en África sino también –le guste o no a Bernal– porque contradice el Magisterio de Papas anteriores como es el caso del mismo Pio XI en la Encíclica “Mortalium animos”.

A la luz de estas observaciones puede juzgarse del crédito que merece el conjunto del artículo de un artículo que incurre en exageraciones como pensar que un siglo que había presenciado, sólo por poner algunos ejemplos, las persecuciones de los católicos en Méjico, España y todo el mundo comunista (China incluida con la creación de la “Iglesia patriótica” cismática) “las ordenaciones cismáticas de Mons. Lefebvre de 30 de junio de 1988 fueron uno de los sucesos más traumáticos de la Iglesia Católica en el siglo XX”.

Y por concluir este análisis, se puede decir que se olvida sistemáticamente el contexto histórico en el que se desenvolvió la actividad de Mons. Lefebvre en esta fase final de su vida. Ese olvido –junto con la ignorancia de lo que trata– explican la total incomprensión hacia un prelado a quien Pio XII nombró su delegado para todos los países africanos de lengua francesa. Etapa, por cierto, la de misionero, en la que Mons. Lefebvre desarrolló con gran eficacia, entrega y abnegación una labor junto a los más necesitados que en este artículo se silencia y que hace incomprensibles términos como los de "actitud intransigente y desafiante" para caracterizar su actuación posterior.

Ese olvido del contexto le lleva a presentarnos un rebelde que “sorprendentemente” se alza contra una situación eclesial armónica en la que todo son gestos paternales y actitudes comprensivas. No es así, Sr. Bernal, no es así. No fue Lefebvre sino Pablo VI quien caracterizó esa situación eclesial con la palabra “autodemolición” (alocución del 7 de diciembre de 1968) y no fue Lefebvre sino Pablo VI también quien dijo que por alguna rendija se había colado en la Iglesia “el humo de Satanás” (alocución del 29 de junio de 1972).

Se podrá estar de acuerdo o no con las iniciativas de Mons. Marcel Lefebvre pero si se quiere escribir de él con un mínimo de rigor y honestidad intelectual hay que situarle en su contexto y, solamente entonces, el escrito resultante merecerá ser leído y tenido en cuenta.

 

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