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José María Aznar mantuvo una audiencia con Juan Pablo II

Woodrow Wilson, Aznar, Juan Pablo II y los ministros católicos del PP

Javier Paredes. El protagonista del día es Thomas Woodrow Wilson (1856-1924), vigésimo octavo  presidente de los Estados Unidos, que el 8 de marzo de 1918 pronunció un discurso en el Congreso norteamericano en el que enunció los 14 puntos, que fueron la base del Tratado de Versalles, que estableció una gran tensión en la convivencia entre las naciones, después de la Primera Guerra Mundial.
 
Pero antes que el presidente norteamericano, el Papa se había adelantado con una iniciativa para la paz. En mayo de 1917 Benedicto XV consagró personalmente obispo a Eugenio Pacelli -futuro Pío XII (1939-1958)- y le envió como nuncio a Munich para sondear a toda una serie de personalidades, con el fin de redactar una propuesta que pusiera fin a las hostilidades. Por entonces, la Primera Guerra Mundial se había estancado de modo que no se veía su final. El resultado de todos estos trabajos fue la propuesta de paz (1-VIII-1917) firmada por el Papa, que se envió a los gobiernos. Dicho documento, tras definir la guerra como una "inútil destrucción" apostaba por una paz sin vencedores ni vencidos construida sobre los siguientes seis puntos: 1º desarme y sometimiento a un arbitraje obligatorio para dirimir los conflictos entre Estados; 2º libertad de navegación; 3º condonación mutua, entera y recíproca de los daños y gastos de guerra; 4º restitución de los territorios ocupados; 5º regulación armónica de los territorios en litigio, esto es de Alsacia y Lorena, disputadas entre Francia y Alemania y de Trieste y el Trentino entre Austria e Italia; 6º solución particular para las cuestiones territoriales de Armenia, Balcanes y Polonia.
 

El llamamiento del Papa fue desatendido, pues ninguno de los dos bandos estaba dispuesto a negociar. Desde esta actitud beligerante en extremo, la nota de Benedicto XV ofrecía un flanco fácil. Por la referencia a  la guerra como una “inútil destrucción”, el escrito pontificio fue tachado como "propaganda criminosa contra la guerra, tendente a minar la moral del combatiente". Así las cosas, no había manera de que se hiciese oír el sucesor de San Pedro, porque bien diferente al suyo era el discurso dominante de esos años. Meses después de dar conocer su iniciativa Benedicto XV, el presidente de los Estados Unidos, Woodroow Wilson, -como ya se ha dicho- hacía públicos sus 14 puntos para un plan de paz, en los que la justicia y el Derecho propuestos por el Papa eran sustituidos por el diktat del vencedor, en el que se anunciaban fuertes sanciones a Alemania y la desintegración del Imperio austro-húngaro. Y en efecto, la guerra acabó por derrota dejando tras de sí una sacudida universal de sufrimiento. Y como los arreglos de paz que la sucedieron no se construyeron ni sobre la justicia y la paz, sino sobre la imposición de los vencedores, quedaba así sembrado el germen de peores calamidades para el futuro.
 

Y recuerda este acontecimiento las declaraciones y acciones concretas que hizo en su día Juan Pablo II para detener la guerra injusta contra Irak, recibiendo incluso en el Vaticano a los presidentes de Estados Unidos, Inglaterra y España, partidarios de desencadenar el ataque, para advertirles que lo que iban a hacer era injusto. Por este motivo, José María Aznar mantuvo una audiencia con Juan Pablo II. ¿Y cuál fue la respuesta del líder del Partido Popular? Pues hizo de mangas capirotes. ¿Y que hicieron los ministros y los diputados católicos del Partido Popular? Pues escuchar a la voz de las poltronas, que gritaban más fuerte que la de sus conciencias. Eso sí, para justificar lo de las mangas y los capirotes, el intrépido Federico Trillo se marcó un artículo en la prensa, para tranquilizar a los católicos votantes del PP porque, según el ministro del ejército de Aznar, el magisterio pontificio se limita a los dogmas y pare usted de contar. Al parecer, en la peculiar teología del costalero de Cartagena, la doctrina social de la Iglesia se elimina, en beneficio de la recolección del voto católico para el PP.

 
Pues bien, está comúnmente admitido entre los historiadores que la paz de la Primera Guerra Mundial cerró la herida en falso, y por eso los acuerdos de Versalles se enumeran como una de las causas de la Segunda Guerra Mundial. Paradójicamente al presidente Wilson se le concedió el premio Nóbel de la paz, por la contribución de sus 14 puntos a la paz de Versalles. Menos conocido, pero más limpio que lo del Nóbel de Wilson, fue el reconocimiento rendido a Benedicto XV por quienes menos se podía esperar. Poco después de morir, los turcos erigieron en Estambul una estatua de Benedicto XV con una placa en la que se podía leer: "Al gran Papa que vivió la tragedia mundial como benefactor de todos los pueblos, al margen de su nacionalidad o religión".

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