Yo aborté
Gabriel Roselló. A una longeva, de 84 años de edad, lo que más le aflige es el deliberado asesinato de su propio hijo. Sucedió hace 57 años. Entonces tenía 27 primaveras. Fue metida en un chiringuito abortista. “Aquello era una pocilga, una carnicería”, el aborto se ejecutó sin anestesia.
Al poco tiempo, esperaba un nuevo hijo, en cuatro ocasiones distintas. Todos los embarazos terminaron en abortos no deseados, como resultado del primer aborto al que fue encadenada. Los síntomas post-aborto la escoltarán a lo largo de toda su existencia.
El aborto voluntario crea diversas y arduas trabas de robustez física y anímica en la esposa; se despliega la crisis del estrés postraumático que evoluciona con un gran sufrimiento que lleva a la depresión, incremento del consumo de alcohol y de drogas, cambios del comportamiento en la alimentación, trastornos de ansiedad, pérdida de autoestima e intentos de suicidio.


















Por eso hay que pedirles que no se molesten y que se apeen del burro; que admitan, por favor, que las medidas aplicadas hasta ahora no han dado resultado. Que dejen de engañarse y engañarnos creyendo que las cifras experimentaran una mejoría en breve.

Y si el Cardenal Rouco decía que “la advertencia la hacía Juan Pablo II no contra la democracia, sino precisamente en favor de ella”, podemos decir que el recuerdo hoy de esta advertencia es seguramente el gesto más importante para rescatar la débil democracia española.



