
Manuel Parra Celaya. Al parecer, se ha puesto en vigor la Ley 26/2015, de 18 de agosto, por la cual se exige una certificación negativa de penales para el acceso y ejercicio de toda actividad que implique un contacto habitual con menores, a fin de evitar, en la medida de lo posible, los casos de pederastia con que nos sacuden la conciencia y la sensibilidad loe medios de difusión tan a menudo. La norma es positiva en cuanto a su intencionalidad, pero dudo de su eficacia real, al igual que dudo, por ejemplo, de que quitarse el cinturón y descalzarse en los aeropuertos sirva para frenar el terrorismo islámico.
Manuel Parra Celaya. Me adhiero temporalmente a la costumbre de enviar frases inspiradas por WhatsApp como método de felicitación navideña, en lugar de las tradicionales postales, a raíz de la que recibí de un amigo: Los años se inventaron para medir el tiempo astrológico, no para alterare nuestras vidas.
Manuel Parra Celaya. Este año, los premios del sorteo de Navidad han estado mucho menos repartidos que los votos de los ciudadanos un par de días antes, y, además, el gordo –la mayoría absoluta- no ha tocado absolutamente a nadie. Y, claro, nos esperan largas jornadas de amagos, rumores, pactos de tapadillo, desacuerdos y globos-sonda, hasta que los candidatos electos lleguen a alguna conclusión, aunque sea la de volver a repetir las votaciones, que la casa es fuerte y no repara en gastos…
Manuel Parra Celaya. No son nada originales, más bien cansinos, como dice nuestro inigualable José Mota: cada año, por estas fechas, la misma cantinela… Por si no lo sabían, un amasijo de supuestas entidades ha manifestado su protesta por la presencia del stand de las Fuerzas Armadas en el Salón de la Infancia que tradicionalmente se celebra en Barcelona en estos días navideños.
Manuel Parra Celaya. Los deslices de los políticos, muchas veces producto de una incontinencia verbal, suelen proporcionar material jugoso a los adversarios de su persona o de su partido que carecen de otras municiones más contundentes y, a la vez, material jocoso a los comentaristas ayunos de noticias más importantes.
Manuel Parra Celaya. A estas alturas, nadie duda que está en marcha la formación de un Frente Popular, remedo actualizado del tristemente histórico. Llamémosle amalgama rupturista, para no suscitar alarmas ni equívocos evocadores de un pasado cainita que mejor está enterrado en museos de la memoria histórica.
Manuel Parra Celaya. Los que vivimos la Transición -entre expectantes por si cabía la ilusión y pronto desengañados- no hemos olvidado la inquietud que despertaba en los medios políticos y periodísticos el llamado ruido de sables. Bastaba que dos militares, en activo o en la reserva, se reunieran para tomar café para que se despertaran todas las alarmas democráticas y constitucionalistas.
Manuel Parra Celaya. No he sido entusiasta nunca de las actitudes apocalípticas ni de las tesis conspiratorias; las primeras chocan frontalmente con mi idea de la libertad del hombre, opuesta a todo fatalismo o determinismo, y las segundas, por su simplismo reduccionista, no tienen en cuenta la complejidad del ser humano y de las sociedades que este ha ido creando. No obstante, mi “lado oscuro”, ese que no obedece a criterios de razón y nace de las profundidades del inconsciente, me viene martilleando de forma obsesiva con que acaso exista un plan preconcebido para que España no supere, como entidad histórica, los límites de esta generación.
Manuel Parra Celaya. Los lectores de mi edad recordarán que, cuando en nuestras aulas infantiles se ausentaba el maestro, siempre había algún rebelde o coñón que se apoderaba de la tiza y escribía en la pizarra “Fulano es tonto”. Como aún no se había inventado el acoso escolar ni la mediación, si Fulano se consideraba agraviado, retaba al grafitista a la hora del recreo o a la salida e intercambiaba con él un par de bofetadas; y aquí paz y después gloria. Claro que algunas veces la ingenua pintada era cierta porque Fulano era, en verdad, tonto de capirote.
Manuel Parra Celaya. Que vivimos un instante histórico que no da cuartel nadie lo duda; abrimos el periódico o nos disponemos a ver un telediario siempre con el recelo de no saber si el mundo que conocimos ayer se parecerá en algo al que hoy empieza. Le llaman aceleración histórica, pero tengo para mí que, en su aspecto más negativo, no es más que una consecuencia de la aceleración sin sentido del hombre desnortado y vacío de nuestro tiempo.