
Manuel Parra Celaya. Ha fallecido Jürgen Habermas a la edad de 97 años, filósofo influyente en nuestro mundo accidental y heredero de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, especialmente influido por los planteamientos de Adorno y de Horkheimer, sobre los que elaboró sus propias especulaciones, en revisión constante.
En enero de 2004 sostuvo una interesante conversación con el entonces teólogo Joseph Ratzinger, elegido Papa poco después, con 77 años entonces, invitados ambos por la Academia Católica de Baviera, y dialogaron públicamente sobre Razón y Religión, y, en concreto, sobre los fundamentos morales de la vida política, denominados prepolíticos. Ratzinger falleció en 2022, con 95 años, de forma que se adelantó solo cuatro años a su oponente de entonces en alcanzar la Eternidad.
Aquellas controversias, respetuosas por ambas partes, alcanzaron una gran difusión e interés en los medios intelectuales y universitarios, toda vez que los intervinientes representaban dos posturas confrontadas: Habermas, procedente del ateísmo metodológico, “poco musical en materia de religión”, como decía, defendía el pensamiento liberal, relativista por tanto y secularista, pero reconocía un cierto potencial de verdad en los conceptos religiosos; Ratzinger basaba su postura, como es lógico, en la Verdad, en la persona de Jesucristo, expresión del amor de Dios a los hombres mediante la Encarnación del Logos y proponía anclar los fundamentos de las sociedades civiles en estos valores permanentes.
Habermas aceptaba que las razones puramente naturales son falibles, y Ratzinger sostenía que “también las mayorías pueden ser ciegas o injustas”; la permanente invocación habermiana al consenso no descartaba que la sociedad civil se alimentara de fuentes prepolíticas. El futuro Papa representaba, en síntesis, la tradición católica clásica, y afirmaba que existe una necesaria correlación entre razón y fe.
Cuando se ponía en cuestión el Derecho Natural, dijo el teólogo muniqués “los derechos humanos no son comprensibles si no se acepta previamente que el hombre por sí mismo (…) es sujeto de derechos, y su existencia misma es portadora de valores y normas que hay que descubrir, no que inventar. Quizás habría hoy que complementar la doctrina de los derechos humanos con una doctrina de los deberes y límites del hombre”.
Pero no se asusten los lectores, pues no trato de convertir estas líneas en una exposición completa de aquel debate, que resultaría tediosa para el neófito en Teología y Filosofía, pero sí insistir en la poca resonancia que el mundo del pensamiento llega hoy en día a calar en una sociedad más atenta a la anécdota diaria, cuanto más frívola mejor, que a las grandes categorías que sustentan la vida del teórico homo sapiens. Por algo la Filosofía está casi arrumbada en los planes de estudio de los estudiantes españoles…
Por otra parte, podemos observar que el liberalismo relativista, nacido de la Ilustración, y su fe en el progreso indefinido que iba a hacer la felicidad de los ciudadanos hace agua en muchas antiguas convicciones acríticas por sistema; aparte de que, como señalaba Ratzinger, no tiene una aceptación universal, por lo que es ilusoria la esperanza en una “ética global” para todas las culturas del mundo.
Solo lo que se llaman verdades prepolíticas pueden sustentar en nuestro Occidente la convivencia sana y completa, partiendo de la existencia del Absoluto, ese Dios Creador, que configuró al ser humano a su imagen y semejanza y lo dotó de dignidad y de libertad; además, se puede establecer un principio real de humanismo de base religiosa cuando se establece la alteridad y la entrega al prójimo en el servicio, como bases sustentadoras de una verdadera convivencia; solo considerando al ser humano como envoltura carnal de un alma llamada a la Trascendencia, se le otorga verdadero sentido al hecho de existir.
De ahí que los conceptos de Verdad, Bien y Belleza no puedan ser, objetivamente, cuestiones sometidas al consenso y a la voluntad popular; se trata de valores absolutos, que, mediante la Razón -y con el concurso de la Fe- se constituyen en verdaderas evidencias prepolíticas; lo demás, en realidad temas menores, quedan para el debate, los acuerdos o desacuerdos y el recurso de las urnas. Ahí radicaba el punto principal de discrepancia entre ambos personajes.
Acercarse a la Verdad Absoluta, que es Dios, depende, por otra parte, de un hacer uso de la libertad otorgada; podemos iniciar ese acercamiento o rechazarlo de antemano, o abrirse humildemente en una actitud de búsqueda: creencia, ateísmo o agnosticismo se pueden llamar esas tres posiciones. Pero el reconocimiento de que las sociedades precisan de sustentaciones prepolíticas es indispensable. Y Jürgen Habermas, aun con todas sus aportaciones valiosas, se quedó a mitad del camino; así, reconoció que las virtudes propiamente políticas, esenciales para la vida social, se suelen dar muchas veces “en calderilla”. Ratzinger, en su planteamiento de aquel debate histórico, reconocía que “en la religión hay patologías (…) pero también hay patologías en la razón (…), a la que se le debe exigir a su vez que reconozca sus límites y que aprenda a escuchar a las grandes tradiciones religiosas de la humanidad”.
Ante el fallecimiento de Habermas, se le podrían aplicar aquellas palabras que se dijeron de un gran escritor español, agnóstico por más señas: ¡Qué sorpresa se va a llevar cuando vea que Dios existe!
Se me ocurre que, ya fallecidos Ratzinger y Habermas, los protagonistas de aquella conversación de 2004, quizás la habrán reanudado en la Eternidad; si es así, seguro que el segundo ha reconocido la certeza de los argumentos del primero…