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Diario YA


 

¿Y TÚ ME LO PREGUNTAS? DEMOCRACIA…¡SOY YO!

Manuel Parra Celaya.
    No, no teman que este artículo de primeros de año comente ad nauseam el divertido sainete protagonizado por Iceta y su pupilo Illa, merecedor de que alguien le ponga música bailable para amenizar estos tiempos, entre el temor y el tedio, de la segunda o tercera ola, vayan ustedes a saber por qué número vamos…
    Tirando por elevación y al filo de la actualidad, me voy a referir a la especial situación tensa que viven los Estados Unidos de América, que ha dejado de ser comedia para adquirir tintes de tragedia, ya que se han dado víctimas mortales. La cuestión, más allá de la desdichada anécdota, es que todo el Sistema en bloque -neoliberalismo, nueva y vieja izquierda y, especialmente, Wall Street- echaron las campanas al vuelo cuando el recuento dio la victoria a Bilden, frente a las protestas de Trump, ese curioso personaje, niño díscolo del propio Sistema que se alegra infinito de su derrota.
    El complicado sistema electoral estadounidense me impide opinar -como un tertuliano cualquiera- sobre si ha habido pucherazo o si, por el contrario, ha presidido los resultados de los comicios una estricta pureza democrática; tampoco es que me resulten o no especialmente simpáticos los contendientes, el vencedor y el derrotado, más bien me traen al fresco. Lo digno de estudio -no hace falta llegar al psicoanálisis- es la resonancia que está teniendo la pugna entre los políticos españoles.
    Por supuesto, y como era de esperar, el Gobierno español y sus aliados han estallado en entusiasmo, y sus parabienes y aplausos a Bilden han sido ensordecedores; no le han ido a la zaga los políticos de la oposición, tanto de la derecha como de ese centro que sabemos sin saber qué demonios es. Unos y otros se han mostrado obedientes a las consignas del Sistema del que forman parte, como debe ser.
    Pero, cuando la situación en aquellas tierras se ha recrudecido, con miles de manifestantes asaltando el Capitolio, ningún político español ha dudado en volcar contra su adversario feroces dicterios con base a curiosos paralelismos en la historia de la democracia española. De esta forma, unos han recordado piadosamente las convocatorias podemitas para el asalto y ocupación del palacio de la Carrera de San Jerónimo y sobre el intento de ocupación del Parlamento de Cataluña por las huestes del radicalismo separatista, hoy firme apoyatura del Gobierno español; otros, confiados en ser siempre los depositarios de la verdad y de la democracia, han echado mano retrospectiva de aquel extraño golpe de Estado del 23-F. Unos y otros han señalado con el dedo, sin duda alguna, a los culpables sempiternos: esa nebulosa extrema-derecha, culpable en Washington, en Madrid o en Vitigudino, de cualquier desafección a la democracia.
    Ha sido curioso constatar como los medios y sus enviados especiales en la capital americana repetían las mismas palabras, las mismas expresiones y consignas; el recurrente unánime era siempre la democracia, de la que Trump era el enemigo declarado, por más que los manifestantes dijeran también defenderla.
    El término democracia es, para variar, el arma arrojadiza, aquí y allá, contra el oponente: yo soy demócrata y tú un golpista; no seria mala idea que alguna mente sagaz -quizás de ese comité de expertos- inventara un democratómetro, para disipar por fin las dudas…
    En España llevamos años acostumbrados a este latiguillo, después de tantas décadas en que todo, para ser valorado, tenía que llevar añadido el marchamo de democrático:  jueces y judicatura, educación, Ejército, instituciones públicas y privadas, asociaciones deportivas…, conciencias y mentes. Recordamos que el golpismo separatista en Cataluña se hacía en nombre de la democracia de las urnitas del 1-O, mientras que los constitucionalistas acusaban de antidemócratas a los que incendiaban las calles de Barcelona y de Gerona.
    Con esta profusión de usos y atribuciones del término democracia, muchos han llegado a dudar del concepto que encierra: o no existe o, de quedarle algo de significado, está completamente devaluado. En plan más optimista, sigo afirmando -y conmigo voces en todo el mundo mucho más autorizadas que la mía- que Occidente vive en una falsa democracia, puramente de forma, que requiere a voces una autentificación, es decir, volverse auténtica.
    Pero, de momento, he optado por una solución de compromiso; echando mano de la célebre rima del poeta, cuando alguien me invoca la democracia como argumento último, me limito a decirle: ¿Y tú me lo preguntas? Democracia…¡soy yo! La razón es que el que invoca el nombre de la democracia en vano no suele mirar -como en la rima de Bécquer- a los ojos, a la pupila azul.
 

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