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Diario YA

Ante un anuncio tendencioso

Manuel Parra Celaya. Reconozco que no soy un gran aficionado al cine; veo aquellas películas, eso sí, cuya calidad artística me viene avalada por amigos expertos y procuro evitar las mediocres, aunque sean ensalzadas por la propaganda, y aquellas que contienen, como de contrabando, un cierto mensaje de tono políticamente correcto. Ya pueden suponerse, por tanto, que soy bastante selectivo, aunque en modo alguno me cuento entre las filas de los llamados conspiranoicos: simplemente, aplico mi sentido común para que no me endosen mercancías explícitas o subliminales.

Con el mismo criterio actúo frente a la pequeña pantalla, donde se pueden aplicar criterios selectivos más rápidos y domésticos; y confieso que empleo la técnica de pulsar la tecla de interrupción del sonido cada vez que una larga tanda de anuncios interrumpe el programa elegido. Con estos antecedentes, el lector comprenderá mejor la sorpresa y rechazo que me causó, hace muy poco, una inevitable publicidad en una sala cinematográfica, donde no puedes acudir a la insonorización.

No voy a mencionar el nombre del anunciante, por supuesto; solo diré que se trata de una industria cárnica y, si ustedes lo han visto, sabrán de sobras a lo que me refiero. Creo -no puedo asegurarlo por lo antedicho- que se emite por televisión en versión breve, pero, sentado en una cómoda butaca de una sala de espectáculos, pude -llamémoslo así- gozarlo en toda su extensión. Se lo resumo: aparecen en primer lugar unas secuencias de una película sobre nuestra guerra civil (me parece que Libertarias, pero no estoy seguro); en ellas, una muchacha llama rojo a un apuesto miliciano, que le contesta inmediatamente con el apelativo de fascista; a continuación, unas imágenes, menos dramáticas y actuales, muestran a tres parejas de personas que se definen en cuanto a sus preferencias.

Una de ellas corresponde a la divergencia vegetariano y carnívoro; otra, a la trascendente oposición bético y sevillista. Hasta este punto, pues muy bien, me dije, adivinando que se trataba de una llamada a la convivencia y a la tolerancia, si bien me parecía, de entrada, desproporcionado el paralelismo entre la primera escena, referida a la tragedia del enfrentamiento armado entre españoles, y las fruslerías siguientes, alimentaria y futbolística, respectivamente.

Pero la tercera pareja respondía a los criterios opuestos de independentista y españolista, así como suena. Juzguen ustedes: por una parte, el hecho ya mencionado de la referencia histórica de la guerra civil en extraña relación con las preferencias por los colores de clubs de fútbol o por lo que a cada uno le venga en gana comer; y, especialmente, la conexión de todo ello con las posturas a favor de romper la integridad de España o defender la unidad.

Relativismo puro, oigan; todo es lo mismo y lo mismo da; o, todas las opciones son igualmente válidas y buenas. ¿Por qué no incluir a un ladrón y a un policía, a un corrupto y a un ciudadano cumplidor, a un violador y a su víctima, respirando buenismo y tolerancia? Por otra parte, suponiendo que se tratara de un desacierto en cuanto a la dimensión de las dicotomías propuestas, la intencionalidad del mensaje quedaba clara en cuanto a las imágenes, palabras y gestos de la pareja de personas que representaban al separatismo (que este es el verdadero nombre) y a la españolidad (mejor que españolismo): la separata afirmaba, con sonrisa beatífica, que quería una Cataluña independiente y abierta (¡); la españolista acariciaba un perro abrigado con un jersey con los colores de la bandera española, en ademán que recordaba inevitablemente al malvado doctor no de la película del 007 con su gato, y musitaba que quería una España unida.

Esto ya no era desacierto ni desproporcionalidad, sino, sencillamente, manipulación, propaganda, tendenciosidad y mala uva, en una apuesta por hacer simpática a la persona defensora del independentismo y ridícula y cursi a la otra. Me habían colado un mensaje subliminal a mí y a todos los espectadores. A pesar de todo, seguiré sin ser conspiranoico, pero me reafirmaré en el uso de mi sentido común y en la elección de los productos de mis compras en el supermercado de turno. Y llevaré mi tolerancia al justo límite que encierra el respeto a la dignidad del ser humano -de todos los seres humanos incluidos los adversarios- pero no al de las ideas peregrinas y rocambolescas, tal la de su desunir mi Patria.

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