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Diario YA


 

Emilio Castelar, Antonio Cánovas del Castillo, Niceto Alcalá Zamora, José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, José Antonio Primo de Rivera o Blas Piñar

CHINCHES Y MUGRE

Rafael Nieto, director de "Sencillamente Radio" en Radio Inter. Sin ser un apasionado del parlamentarismo ni del sistema representativo, no desconozco que por las Cortes Españolas, desde hace dos siglos con sede en la Carrera de San Jerónimo, han pasado hombres tan notables, oradores tan brillantes como Emilio Castelar, Antonio Cánovas del Castillo, Niceto Alcalá Zamora, José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, José Antonio Primo de Rivera o Blas Piñar, por no cansarles con más nombres.

Otros, como Manuel Azaña, con cuyas ideas no comulgo, también merece el respeto a una altura intelectual no exenta del don de la elocuencia. Y es que en una cámara de representación de los ciudadanos no puede estar cualquiera. Precisamente, esos 350 escaños que hay actualmente en la Cámara Baja se supone que están reservados para los mejores españoles, para la excelencia política. Para aquellos que están llamados a la función de representarnos.

Las Cortes no son un "speak corner" londinense, donde se sube cualquier punky que se aburre o que quiere aturdir al personal con soflamas medio eruditas. Para que exista una verdadera legitimidad democrática en un sistema representativo es absolutamente imprescindible que los representantes estén especialmente dotados para la política y para la función pública. Pierden el tiempo lamentablemente aquellos periodistas o comunicadores que centran sus críticas de estos días, tras la apertura de la undécima legislatura, en las rastas del diputado podemita canario Alberto Rodríguez o en el bebé de Carolina Bescansa.

Fallan el tiro, y no estamos, ciertamente, para cometer errores tan de bulto. En efecto, la ropa y la higiene personal no tienen mucho que ver, y las asociaciones que se vienen haciendo estos días en ese sentido no han sido muy afortunadas, la verdad. Más de un cerdo integral he tenido que sufrir en mi vida perfectamente vestido con chaqueta y corbata, y con altísimo cargo. La ducha nada tiene que ver con la vestimenta. Nosotros, además, no somos clasistas. En todo caso, si a alguna clase hemos de defender es a la clase trabajadora, para la que siempre hemos reclamado la necesaria justicia social, sin la cual es imposible la consecución del Bien Común de los españoles. Pero, insisto, más allá de los ropajes o los presuntos hedores, lo que no es ni medio admisible es el paisanaje que se ha hecho con los escaños a lo largo de esta semana, sin duda en correspondencia con el mandato de las urnas en las elecciones de diciembre. No es que aquello fuera un circo, con bebés, niños, rastas, camisetas y pantalonazos, etc.

Es que, sencillamente, es una grey a la que es muy difícil tomarse en serio, porque no es merecedora de la más mínima consideración política. La mujer del César debe serlo y parecerlo, así es. Y los políticos también. Deben ir decentemente vestidos, por fuera y por dentro; es decir, deben defender cosas que les hagan dignos de sentarse ahí, de representarnos a todos. Deben defender sin ambages la unidad de España. Deben defender la vida humana desde el mismo momento de la concepción. Deben defender las raíces cristianas de España y de Europa, sin las cuales hoy no seríamos nada, no tendríamos nada y no habríamos conseguido nada decente ni digno. Deben poner siempre a la Patria y a los españoles por encima de intereses particulares o de ideologías más o menos trasnochadas (que todas lo son, en realidad).

Deben, en definitiva, ser objetivamente dignos de recibir la delegación de la parte de soberanía que reside en cada uno de nosotros. Pero desgraciadamente no es así. No es que ya no estén Cánovas, ni Sagasta, ni Ortega, ni Marañón, ni Primo de Rivera, ni Piñar. No es que los que ahora se suben a la tribuna de oradores escriban con faltas de ortografía y no sepan decir dos frases seguidas sin leerlas. No es que no tengan el sentido del pudor de ponerse un traje y una corbata, después de ducharse y afeitarse como Dios manda. Es que España les importa una higa.

Y el Bien Común les importa un pimiento. Y el bienestar y el progreso de los españoles, les importa..., ya no digo qué. Quizá con alguna excepción que confirma la regla general. Por eso, no se preocupen mucho por las rastas ni por la "nueva política" que venía a quitar los coches oficiales a la casta. Descuiden, que ahí no reside el problema. Estamos en el capítulo final de un proceso que comenzó en 1977 y que no sabemos muy bien cuándo ni cómo terminará. Lo mejor será que recemos.

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