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Diario YA

 

El 7 de julio de 1520

La carga decisiva por Ferrer-Dalmau

David Nievas Muñoz. Máster en la Monarquía Católica. Pocas jornadas hubo durante la Conquista de México, más decisivas como la de Otumba. El 7 de julio de 1520, la hueste de Cortés, que había escapado a duras penas de Tenochtitlán, maltrecha y derrotada en la Noche Triste, estuvo a punto de ser derrotada.

La derrota en tales condiciones suponía, a diferencia de en Europa, la aniquilación. Les esperaban los altares donde serían sacrificados, como sacrificados habían sido (y estaban siendo) los españoles que habían caído en manos de los guerreros méxica durante la desastrosa retirada de la capital.

El objetivo era regresar a Tlaxcala, y eso dedicaron sus esfuerzos los en torno a 500 soldados de infantería, 12 ballesteros y alrededor de 20 jinetes, sin cañones ni pólvora. Les acompañaba una fuerza de en torno a 800 aliados tlaxcaltecas, entre los que destacaría por su valentía el capitán Calmecahua, hermano del importante señor Maxixcatzin, de la confederación tlaxcalteca. Con ellos, todos los civiles, especialistas y porteadores que habían conseguido salvar.

La fuerza sería hostigada durante todo el recorrido por las fuerzas del ahora emperador Cuitláhuac, que despachó a su mano derecha, el cihuacoátl (una mezcla de consejero, primer ministro y sumo sacerdote) Matlatzincátzin. La gran fuerza, cifrada exageradamente en más de 100.000 hombres, les atacó en los llanos de Temalcatitlán, cerca de Otumba.

Cortés formó a sus hombres disponiéndolos en un círculo, pues las fuerzas méxicas les rodearon completamente. Situó a los lanceros delante, formando un muro protector, y detrás de ellos estaban rodeleros, ballesteros y sus aliados tlaxcaltecas. Todos lucharon, incluso María de Estrada, una española que en aquella jornada empuñó una lanza defendiéndose “como si fuese uno de los hombres más valerosos del mundo”. Se intercambiaron proyectiles y comenzaron las violentas cargas, que en varias ocasiones estuvieron a punto de desbaratar el círculo.

Contra las cuerdas, aconsejado por sus aliados, Cortés decidió una maniobra arriesgada. Un grupo de jinetes, encabezados por él mismo, daría una carga, intentando matar al cihuacoátl (que veía la batalla desde una colina cercana) y capturar el estandarte que llevaba en su espalda. Algo que para los aztecas suponía una derrota en el campo de batalla. Los jinetes eran Hernán Cortés, Gonzalo Domínguez, Cristóbal de Olid, Gonzalo de Sandoval y Juan de Salamanca. Éste último sería el que alancearía a Matlatzincátzin, exhibiendo su bandera como trofeo. Las tropas del emperador  Cuitláhuac comenzaron a retirarse en desorden, y los españoles y sus aliados se cebaron con ellos. Tras pasar la noche en Apan, prosiguieron hacia Tlaxcala, ésta vez sin ser hostigados. Sesenta españoles (y suponemos que muchos más tlaxcaltecas) habían quedado en el campo de batalla.

Augusto Ferrer-Dalmau refleja en ésta pintura, casi complementaria con el gran lienzo “El paso de Cortés”, ésta famosa y decisiva carga. Cuando la suerte de la expedición estuvo enteramente en las lanzas y los cascos de cinco caballos y sus jinetes.

David Nievas Muñoz
Licenciado en Historia por la Universidad de Granada
Máster en la Monarquía Católica, el Siglo de Oro Español y la Europa Barroca
Asesor histórico de Augusto Ferrer-Dalmau
 

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