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Diario YA


 

TODO CAMBIA PARA QUE TODO SIGA IGUAL

Max Silva Abbott. Una de las características de nuestra actitud ante las diversas realidades de la vida que se ha hecho común en las últimas décadas, es que cuando nos enfrentamos al fracaso o surgen problemas de cualquier especie, los esfuerzos conducentes para solucionarlos apuntan sobre todo a cambiar las estructuras y las instituciones, al considerar que son ellas las culpables de los mismos. Sin embargo, nunca o casi nunca se indaga en nuestra propia cuota de responsabilidad a su respecto.

 Efectivamente, pareciera que las grandes generadoras del mal en el mundo fueran las instituciones, sin darnos cuenta que somos nosotros los que las usamos o incluso abusamos de ellas; casi como si tuvieran vida propia y fuera por una perversidad suya, ante la cual es imposible resistir, que las cosas salen mal.

 En realidad lo anterior es algo cada vez más común. Así, si varios matrimonios fracasan, la culpa es del matrimonio y hay que introducir el divorcio, incluso por voluntad unilateral, para que nadie vuelva a  caer en sus garras; si algunas familias presentan problemas, se la desprestigia sin piedad, se presentan otros modelos que la deforman o se la excluye como ideal de vida; si aumenta el embarazo adolescente, hay que suministrar los elementos necesarios para disminuirlos, incluso pasando sobre los propios padres y obviamente, los concebidos; si aumentan los abortos, hay que despenalizarlo; si unos pocos abogan por las uniones gay, hay que cambiar la esencia del matrimonio para incluirlas, lo cual comprende a la postre la adopción de niños; si los intereses científicos y económicos prometen casi la vida eterna a costa de experimentar con embriones o la clonación, cambiamos la noción de persona y fingimos que el embarazo o incluso la propia vida no comienza como siempre ha sido, sino en otro momento estratégicamente inventado; si se estima que los ancianos ya no valen porque no producen o porque son un costo económico, poco a poco se introduce la eutanasia, primero voluntaria y luego forzada, y así sucesivamente.

 En el fondo, lo modificamos todo para hacer nuestro capricho, o mejor, el capricho de algunos a costa del resto. En consecuencia, las instituciones no sirven sino para darnos en el gusto, y deben ser modificadas o incluso destruidas con tal de hacer nuestra sacrosanta voluntad. Mas nunca nos detenemos a preguntarnos si muchos de estos problemas no serán culpa nuestra y no de dichas instituciones o estructuras, nunca se nos pasa por la cabeza que la verdadera solución, más que dictar leyes a diestra y siniestra, es cambiar nosotros mismos y hacernos cargo de nuestra propia cuota de responsabilidad.

 A la postre, lo que se pretende es que todo cambie para que todo siga igual: para seguir haciendo lo que se quiera y esquivar el bulto. Por eso se manipula la misma realidad hasta su médula a fin de no tener estorbos a nuestros deseos, sin pensar en los reales costos de este modo de proceder, e incluso teniendo una visión tremendamente inmediata en el tiempo, puesto que el capricho no ve muy lejos. De este modo, echamos por la borda la sabiduría y experiencia de siglos, fruto de un individualismo que nos hace cada vez más déspotas con los demás y en el fondo con nosotros mismos, al violentar nuestra propia naturaleza.

 

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