
Manuel Parra Celaya. Los tonos broncos, malhumorados y a veces agresivos prevalecen en la actual política española, con contadas y honrosas excepciones; y, aun en estas, el sarcasmo más o menos cruel sustituye a la sana ironía y el denuesto al chiste oportuno.
Quienes se llevan la palma en esta carencia del sentido del humor suelen ser los nacionalistas y supremacistas de toda laya, quienes, revestidos de esa casi sacerdotal soberbia que caracteriza a quienes se consideran en posesión de la verdad, son incapaces de aceptar ni una pequeña broma que hace referencia, aunque sea de perfil, a sus dogmas.
Esto ha ocurrido, como ejemplo reciente, con el estupendo escritor Eduardo Mendoza, que se permitió una chanza intrascendente sobre el Día del Libro y Sant Jordi; lo que era, todo lo más, una boutade obligó a que nuestro novelista tuviera que firmar sus ejemplares convenientemente escoltado por un guardaespaldas, ante las amenazas recibidas.
La primera conclusión a la que podemos llegar es que el sentido del humor es privativo de las personas inteligentes, entre las que no se suelen encontrar los fanáticos y los neoinquisidores al uso.
Y eso que toda España es propensa a la risa; cada territorio, región o autonomía se caracteriza por un tipo de humor, del mismo modo que España es varia y plural sin perder ni un ápice de su indisoluble unidad. Así, podemos hablar de un humor andaluz, propenso a la carcajada muchas veces; del humor vascongado, que se ríe de sí mismo al exagerar y exaltar los tópicos simpáticos que caracterizan a sus gentes; del humor gallego, lleno de retranca y siempre dispuesto a contestar con una pregunta a otra pregunta; el humor de la huerta valenciana, a veces un puntillo procaz…, y no dejemos de lado el humor catalán, y, si no se lo acaban de creer los nacionalistas, que se atrevan a leer a Josep Pla, por ejemplo, sea en lengua vernácula o en ese elegante castellano que es privativo de los catalanes inteligentes.
A veces se ha caído en el tópico de aludir a una sequedad castellana, pero puedo desmentirlo en la figura de mi propio abuelo, manchego por más señas, que no abdicaba de la sonrisa, del chiste o del comentario jocoso cuando la ocasión era propicia; fuera de mi ámbito familiar, invito a los malhumorados de nacimiento que se atrevan con las páginas de Francisco García Pavón, tomellosero de pro. Y no me quiero olvidar del humor asturiano, que quedará eternamente representado para mí en el cura Alfonso, narrador de los mejores chistes en mi juventud.
Centrémonos en el humor catalán, pues podemos encontrar una pléyade de geniales humoristas, cada uno a su aire y esfera, que seguro que son recordados por todos los lectores; me refiero, por ejemplo, a Joan Capri y a Cassen, y más recientemente a los componentes de La trinca, que siguen levantando carcajadas cuando sus gags son repuestos en la pantalla del televisor; y qué diríamos del genial Eugenio, cuyos chistes, enmarcados en la seriedad a lo Buster Keaton, al cigarrillo y al vaso de cubalibre siguen provocando carcajadas en toda España, que se ha apoderado del consabido “saben aquel que diu..”.
Y es que el sentido del humor requiere y presupone inteligencia y gracejo, rasgos de que estamos dotados casi todos los españoles, con excepción de los intransigentes, los fanáticos y los idólatras del terruño y la etnia.
Si algo es común a todos -menos a los aludidos antes- es “la tendencia natural a meternos con alguien; de otro modo no nos divertimos” (León-Ignacio, 1979), caso de los chistes sobre Franco que se decía que gustaba de oír en El Pardo. Pero esa característica nacional lleva camino ahora de desaparecer, impelida por la implacable censura de lo “políticamente correcto”; así, quedan, por ejemplo, vedados los chistes en que se haga alusión a los negros, los chinos, los mariquitas y los cojos. De momento, esta neoinquisición democrática afecta a los grandes públicos, pero -dado que el lenguaje condiciona el pensamiento, como saben- está surgiendo una autocensura ciudadana, más peligrosa aún que la impuesta desde el exterior. Hay que pedir licencia para reírnos.
Volviendo al caso de Mendoza, en el fondo, lo que suele ocurrir es que los nacionalistas no suelen ser aficionados a la lectura, salvo a la propaganda propia; dudo que alguno de ellos se haya atrevido a abrir las páginas de “L´auca del senyor Esteve” y de los textos del mencionado Josep Pla. Claro que este rasgo de ignorancia puede llegar a establecerse para una gran parte de la clase política actual, y, así, me atrevo a sospechar que nunca se han atrevido sus componentes a leer las páginas del mejor libro de humor de todos los tiempos, es decir, El Quijote.
A pesar de mi eterno litigio sobre Gibraltar y sobre otras cosillas de mayor calado aún, admiro el sentido del humor británico; recuerdo haber leído en las páginas de “La Codorniz” (recuerden: La revista más audaz para el lector más inteligente) una frase de Churchill referida a Mr. Eden: “Hace un momento se ha parado en la puerta del Parlamento un taxi vacío del que ha descendido Mr. Eden”; si se hubiera dicho en el Congreso español referido a algún nacionalista, la respuesta hubiera sido algo así como ¡Eso se lo dices a tu padre!, con las consiguientes protestas oficiales…
Igual, igual, que ante los irónicos e inocentes comentarios de Eduardo Mendoza el Día de Sant Jordi.